Copio y pego un artículo que me ha gustado mucho es de Mora Torres, una Bloguera.
Este post debió aparecer el miércoles pasado, como secuela
del anterior “Sueño lujurioso”, que tantas expectativas despertó en
ustedes y terminó provocando frustraciones innumerables.
Que no suceda lo mismo con estas “Especulaciones”, y si sucede,
pues envíen las suyas propias, que estoy esperando con agradecimiento
anticipado:
La vida es hermosa con ustedes, mis amigos (Amistad civil en Aristóteles).
Ahora me acuerdo que hace mucho -en los tiempos en que se escribían
cartas, ¡oh maravilla!- había buzones rojos en casi todas las esquinas (Inmigración a la Argentina: cartas).
Ya en sí un buzón rojo era un objeto que me agradaba mucho. Me hubiera gustado vivir al menos por un día adentro de un buzón (Las etapas de la personalidad).
Pero lo importante eran las voces que salían de adentro de ese
objeto: declaraciones urgentísimas de amor, confesiones privadas,
alegrías que trepaban al cielo azul, más documentos oficiales que
hablaban con voz de policía (Voces propias para una red de todos).
A mí me parecía oír todo eso al pasar, y con sólo ver un buzón de vez en cuando, me alcanzaba para fantasear algunas semanas (Saborea tu existencia).
Lo mismo me pasa con las voces de ustedes que, sin embargo, llegan
mucho mejor pronunciadas, llegan claras y me llenan de chocolates y
confites (Valores y antivalores).
No importa si les gusta o no mi escrito, para mí todo viene con vuestras mieles.
Y en las respuestas a estos últimos posts he gozado con ganas (Antígona entre dos muros).
Las discusiones más fructíferas son las que, desde lejos, pueden mirarse como banales.
¿Discutir que si un título se ajusta o no a lo escrito? ¿Que lujuria es esto y no aquello?
Vengo de una larga tradición de discutidores disparatados: por verbos, por imprecisiones, por delirios.
Recuerdo a mis padres, a mi ex suegro, a mis hijos, a mis amigos más
entrañables: con todos he mantenido las más heroicas lides por, para dar
un ejemplo, si la palabra ínterin lleva el acento en la primera o en la
última i.
En el caso que hoy nos ocupa me he dedicado a investigar sobre la
palabra lujuria, que poco inspiradora es en su definición del
diccionario:
Lujuria: del latín luxuria: 1. deseo o apetito sexual desmesurado. 2. Exceso o demasía en algunas cosas.
De todo esto tan pobre, me inclino por demasía, pero, ¿en qué cosas de esas algunas?
Pero ya verán lo que es, o puede ser -o tal vez será- la lujuria.
Pido perdón anticipado. No sé bien por qué. Por alguna cosa que se me escape.
Encontré a Alexandrian
Magnífico es Alexandrian, el autor de una Historia de la literatura erótica.
Él es quien cuenta de cuán fresca y amable era la gente respecto al sexo, en la Antigüedad.
Habla de la comedia griega como nacida en una procesión anual de
dionisíacas, mujeres adoradoras de Dionisos, el dios del vino y de los
“excesos”, que llegaban a su templo portando grandes y elaborados falos.
Dionisos había sido descuartizado de joven por los dioses Titanes, y
estas mujeres deseaban reconstruirlo: lo primero con que debía contar
para ser dios engendrador de dioses era, por supuesto, con sus
genitales.
Al hacer entrega de sus ofrendas las mujeres recitaban fórmulas
ceremoniales de increíble seriedad… y obscenidad, según Alexandrian.
Luego se dispersaban -como en la plaza de Mayo en Buenos Aires- y
partían en grupos que iban inventando algo así como simpáticas comedias
en las que el protagonista era el falo, con sus virtudes, y entraba
también la otra virtud de Dioniso: la embriaguez.
Cuando la comedia tuvo ya su parto definitivo, apareció el genio de Aristófanes con su Lisístrata y su Asamblea de las mujeres.
Escuchemos al propio Alexandrian:
“Lisístrata es la primera obra maestra del erotismo antiguo
(…) Se expresa en ella una idea revolucionaria (…): ¿qué ocurriría en la
sociedad si las mujeres realizaran una huelga de sexo? (…) Lisístrata
convoca en el ágora a las atenienses para decirles que todas pueden
poner fin a la guerra del Peloponeso no conduciéndose como hombres, sino
siendo dos veces más mujeres que de costumbre: zalameras, perfumadas,
pintadas con orcaneta (colorante rojo extraído de una raíz), vestidas
con túnicas transparentes de Amorgos o cimbéricas (largos vestidos sin
entallar), calzadas con peribárides…
“Los maridos-soldados se volverían locos de deseo, pero ellas se negarían al acto sexual mientras no se sellara la paz.
“La escena del juramento de las mujeres es deliciosa, porque ellas
dudan en repetir la frase que les dicta Lisístrata. Cleónice desfallece
al pronunciar: ‘Ningún hombre ni amante ni marido se acercará a mí en
erección’. Las mujeres se comprometen, en caso de violación conyugal:
‘No elevaré hacia el techo mis sandalias pérsicas… No me quedaré
acostada como una leona sobre un rallador de queso’. Las atenienses
ocupan colectivamente la Acrópolis para secuestrar los fondos públicos
destinados a la guerra.
“El guerrero Cinesias llega del ejército gritando: ‘Estuka!’ (¡Se me empinó!)
“Los soldados ya no pueden más, consienten en la paz para que las mujeres no sigan escapando a sus abrazos.”
Pero todo esto es puro sueño, pura comedia o drama; puro teatro, dirían en mi familia.
Las guerras no se terminan por amor.
Aristófanes (se me ocurre que es el primer hombre feminista) “quiere
que la mujer sea esencialmente mujer y contrarrestre con su poder sexual
el poder político patriarcal”.
“Su ideal de mujer fuerte y amable llegó hasta el sueño de una ginecocracia.”
Lujuria en la Edad Media
Siempre con Alexandrian, después, en la Edad Media, lo que se observa
es el verdadero advenimiento de la lujuria. Ya no era inocente ni
juguetón el sexo: había adquirido gravedad. Me atrevería a decir -yo,
Mora- que esa gravedad que cobró el sexo en la Edad Media y que esa
palabra lujuria que se amplió de todos los modos posibles desde
la Edad Media hasta nuestro blog, cobraron muchas víctimas, y que hasta
las hogueras de la Inquisición fueron levantadas con palabras como
esas, sexo, lujuria, embriaguez, escándalo, y también con el deseo que
esas palabras despertaban al ser tan condenadas a muerte.
Envío
Tal vez antes que leer a Alexandrian, deberían leer a aquel poeta de quien, en parte, hurté el título de esta nota.
El poema al que me refiero es “Especulaciones alrededor de la palabra hombre” y es de Carlos Drummond de Andrade, brasileño.
Como no recuerdo con precisión su comienzo, ¡y es tan bello!, en
lugar de “envío” esto más bien es un pedido. ¿Alguno lo tendrá? En
portugués o en castellano… Besos, y gracias
Mora
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